No recuerdo exactamente cuándo ocurrió, lo único que sé es que tal vez la providencia me llevara a Corrientes, donde pasé inadvertido entre los titiriteros y saltimbanquis que desfilaban regalando desinteresadamente sus acrobacias. La fama de sus bares bien reflejada en los post hacía que me resultaran familiares, aunque en mi vida había puesto un pie en ellos. Me acordé entonces de las historias, de las copas, de las tapas, y de aquellas que tan fácilmente se despojaban de las bragas con algún que otro escritor de los que frecuentemente rulaban por allí.
No buscaba un autógrafo para satisfacer mi curiosidad, simplemente entré en un garito sin rótulo en la fachada. Me senté junto al ventanal y me dediqué a observar. Esperé pacientemente hasta que ella llegó. Él, como de costumbre, y como así lo reflejan los textos, apuraba la copa al tiempo que garabateaba un folio; ella permaneció unos instantes de pie observándolo ensimismada, con las manos recogidas, como si fuera a echarse a rezar. Me pareció excesivamente alta para su cabeza tan pequeña; también tenía los ojos saltones y sus brazos, aunque plegados, parecían más largos que sus piernas. No pude enterarme de la conversación que mantenían por estar acomodado en el local de enfrente y haber de por medio un espacio generosamente transitado.
Al cabo de una media hora salieron. Los seguí con la imaginación. Causaban sensación por la diferencia de alturas; incluso para algunos resultaba estrafalario el contraste: ella tan esbelta, él más bajito y sacando pecho como buen macho. La pensión que divisaron pareció ofrecer la oportunidad que ambos ansiaban. Él, para demostrar su hombría, pagó por adelantado. Después subieron por la escalera a la primera planta. El cuarto era austero: junto a la cama, una mesilla de noche con un cajón en cuyo interior un ejemplar de la Biblia ansiaba un poco de atención; el aseo entreabierto dejaba ver media bañera, un lavabo desconchado y un par de toallas blancas algo roídas.
